¿Es posible que entre los profesionales subsista una especie de fe en un algoritmo perfecto? Una serie de instrucciones que nos ofrezca la solución a todo, que nos liberen de la labor de decidir según criterios propios ¿Es esa fe una consecuencia de estar sumergidos en un mundo informático, donde parece que se entrevé una promesa de que todo podrá ser delegado a las máquinas?
¿O quizá pervive el arquetipo de la palabra de dios, el libro verdadero que nos proporciona indicaciones precisas sobre todo lo malo y bueno posible, de manera que no hay que pensar, tan sólo memorizar el libro? Eso, simplificando, es la receta en muchos fundamentalismos.
Como consultor, o como técnico, entiendo que mi trabajo es solucionar problemas o al menos arrimar el hombro neuronal para solucionarlos. Nunca he pretendido que alguien me proporcione un manual de uso de mí mismo. Me dedico a analizar casuísticas y a cambiar situaciones para mejor, y cada caso es diferente. No me imagino un manual de eso. Entiendo que pueda mejorar compartiendo conocimiento y experiencias y aprendiendo de otros, pero ¿un manual de procesos de la consultoría, o mejor, del consultor? ¡Venga ya!
Sin embargo, entre la fe en una pseudociencia algorítimica y el fervor fundamentalista que considera posible un libro de instrucciones para la vida se mueven algunos profesionales que me voy encontrando cada vez con más frecuencia. Gente que espera que se puedan definir procesos para cada uno de los casos y excepciones que encuentran en sus trabajos; como si su profesión no consistiese, precisamente, en trabajar con excepciones. Gente joven, para mayor asombro.
Mientras, trabajo con otra gente que están empezando a huir de los manuales y de los procesos y procedimientos como de la peste; que buscan el aporte individual y singular en colaboración, que basan su método en el caso y la constante novedad de cada proyecto; en fin, ya sabéis…
Una brecha hay aquí, y de la hostia…




















