Basta con que alguien me diga que su principal “capital” es la gente para que dude de la calidad de sus recursos, organización y procesos. Cuando alguien me dice que tiene un gran equipamiento informático, me pregunto en cuánto tiempo estará obsoleto. Si alguien declara que el punto fuerte de una organización es la calidad de sus productos o servicios, me apunto que debo averiguar qué piensan las personas que los elaboran.
Soy un pesimista, lo reconozco. Me fijo en cuan vacío está el vaso antes de alegrarme por lo que queda aún por beber. Pero compruebo que suelo sacar mucho partido a considerar las fortalezas de las organizaciones (y de las personas) como vulnerabilidades ocultas (y viceversa), hasta el punto de utilizar esa perspectiva de mal agüero como una técnica de análisis recomendable. Si veo que la gente empieza a poner cara de que a éste hay que empalarle, defiendo mi papel de abogado del diablo y no cejo.
Hagamos un DAFO de una idea y volvámoslo del revés y aparecerán muchas más verdades que las que surgen de esa ingenua y manida técnica de análisis. Lo obvio sólo suele conducir a lo más obvio aún. Ya sé, el sombrero negro es feo y lúgubre, está desacreditado, pero alguien tiene que ponérselo porque, en las reuniones de análisis de este tipo, la gente suele escorar bien hacia el optimismo más ingenuo y autocomplaciente, bien hacia el victimismo de la queja crónica.
Me suele dar igual hacia donde esté el sesgo, yo me fijo en el vacío del vaso. Si todo se inclina hacia el qué grande somos, a por las fortalezas que suelen ser bajitas y cobardes. Si la unanimidad está en lo desgracidos que somos, a por las debilidades, a ver si se envalentonan y se revuelven y acaban resultando otra cosa.
Y es que, en esas reuniones catárticas, los problemas de “comunicación” no suelen estar relacionados con mensajes ni malentendidos, ni la “motivación” tiene normalmente nada que ver con el ánimo y las ganas, ni la “organización” supone orden ni complejidad. Habitualmente, uno encuentra un vaso medio lleno de etiquetas fáciles y tópicas y lo que toca es preguntarse qué falta en el vacío ese que ya se han bebido o que nunca llenaron.
No sé si me he explicado bien, que estoy espeso. Si no lo he logrado, largadme un comentario; con el sombrero negro puesto, por favor.


Urbanita para toda la vida, fugado en una isla mediterránea; filósofo y letrado que mola más que psicólogo, de apellido, social que, en mis tiempos, era una especialidad. Entre tanto título genérico me quedé con un perfil polimórfico y más bien metodológico. Desde la enseñanza a la consultoría, pasando por la estadística, la creación de [...]


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