Si algo me gusta de esta crisis (que hay poco de gusto) es que es obligado plantearse la bondad de muchas ideas que ya se habían convertido en preconcebidas: que es mejor hipotecarse y tener una propiedad que no pagar cada mes un alquiler, que lo mejor para el mercado era que la administración no se metiese, que la innovación era algo así como la nueva cruzada corporativa, etcétera. Si algo detesto de esta crisis es que se hable más de los grandes macro-temas que de los micro-temas: más de la crisis financiera que de los desempleados, por ejemplo; y, sobre todo, detesto que se hable de esta crisis gratuitamente, como estoy haciendo yo aquí, ahora
. En fin, divago.
Sin embargo no puedo eludir pensar que algo de este negativismo “crítico” se está comiendo no ya el sentidó común, sino el buen sentido de aquellos que comparten su experiencia y saberes para ayudarnos en nuestras tareas y vidas.
Todo esto para cuestionar algunas reflexiones blogueras sobre la productividad que han caído en mi reader. Una de las más recientes la trajo Yoriento en sus compartidos de Google Reader. Bajo el irónico título de Cómo perder el tiempo presenta un dodecálogo de indicaciones para sumirte en el pozo sin fondo de la ineficiencia. Abreviando, aún con riesgo seguro de simplificar: no hay que contestar los emails inmediatamente, no tengas el chat en marcha, no uses Twitter, contrata a alguien para que te haga lo que no genera ingresos, delega la gestión de tu agenda, no trates de encontrar la mejor manera de hacer las cosas, y así. La verdad, es que, además de las que cito, también hay recomendaciones valiosas; pero el tono general de la idea va por ahí: “focaliza, ponte orejeras, produce, no pierdas el tiempo”. La conclusión, por supuesto, es que:
‘(…) el tiempo es el peor enemigo sobre todo para autónomos y emprendedores, ya que una hora perdida es una hora no facturada o invertida en tu proyecto, una hora que hay que sacar “de donde sea” y “como sea”, sacrificando todo lo demás.’
Y no puedo estar más en desacuerdo.
Concebir el tiempo como un enemigo, como algo que “vale oro”, como algo que se pierde es, aparte de una fuente de angustia, probablemente uno de los errores que cierta cultura de la productividad ha convertido en algo aceptado de manera generalizada. Así, como me comentaba Manel, cuando empiezas a hablar con alguien de colaborar, probar y, en definitiva, jugar; se ponen en marcha en la cabeza del productivo interlocutor una calculadora del “coste de oportunidad” y de la amortización del esfuerzo que, casi siempre acaba en una cantidad tan enorme de peros que acabas enviando al susodicho a tomar viento. No me extraña que, desde esta perspectiva, se considere el tiempo como el peor enemigo.
Hay extremos, por supuesto, gente que se cuelga mirando como gira la lavadora, pero no se puede crear una metodología para todos basada en evitar los extremos.
Olvidémonos de Internet y de sus múltiples tentaciones ¿Acudis a bibliotecas? ¿A librerías? ¿No es una fuente de buenas ideas y de buenas lecturas el que, mientras buscas ese libro que quieres, te detengas aquí o allá a curiosear entre otros títulos y portadas atractivas? ¿Alguien hubiese empezado a bloguear sin haber caído antes en la tentación de jugar con una herramienta que, prácticamente, esta hecha para “perder” el tiempo? Concretado más ¿Cómo puedes saber si ese tiempo que dedicas a descubrir, probar y experimentar es, en términos utilitaristas-financieros, un coste o una inversión antes de empezar a “jugar”? Y, sin embargo, puedo asegurar que un blog o Twitter son fuentes de ideas, de relaciones tan útiles como divertidas y un magnifico ejercicio intelectual.
Pienso que este tipo de recomendaciones están asociadas a una cultura del trabajo atormentada que lo define como castigo por el pecado original; y que, en definitiva, conducen a tratar de resolver un supuesto problema de productividad con soluciones que ya han demostrado (o, más humildamente, ya me han demostrado) que están tan obsoletas como el propio concepto de productividad. Estoy seguro de que son consideraciones bienintencionadas, pero en la medida que se difunden usando un blog, también estoy razonablemente seguro de que sus autores no las siguen a rajatabla
.
¿Porqué, ya poniéndome lírico, no recomendar que se trabaje en habitaciones oscuras para evitar que el color de las cosas nos distraiga?






No deja de ser sorprendente, aunque entendamos el porqué, que sean los blogs prácticamente la única vía para enterarte de que 
Urbanita para toda la vida, fugado en una isla mediterránea; filósofo y letrado que mola más que psicólogo, de apellido, social que, en mis tiempos, era una especialidad. Entre tanto título genérico me quedé con un perfil polimórfico y más bien metodológico. Desde la enseñanza a la consultoría, pasando por la estadística, la creación de [...]


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