Aparentemente la crónica que el domingo publicó EL PAÍS sobre una sentencia del Supremo en relación al uso del ordenador en el puesto de trabajo, Ordenadores sin secretos para el jefe, parece una noticia sin más. Pero como cuando leo la palabra “internet” junto con “jueces”, “abogados” y otros vocabularios solemnes, se me ponen los pelos de punta; pues me leo la noticia con algo de detenimiento y, efectivamente, bajo el aparente sentido común se entrevé la oligofrenia del tema (de oligos: escaso, y phren: mente, esto es: poco seso). A ver.
Juan A. P.C. (fíjense en lo de PC en sus apellidos, qué sutil) es el (primer) responsable de que uno acabe leyendo estas cosas.
Juan trabajaba como directivo en una compañía gallega. Un día su empresa llamó a un técnico para que reparase ciertos fallos en su ordenador. Al hacerlo, se comprobó que el sistema se había infectado de virus informáticos “como consecuencia de la navegación por páginas poco seguras de Internet”. Se siguió revisando el ordenador y se descubrió “antiguos accesos a páginas pornográficas”. La compañía decidió guardar esos archivos, imprimir las páginas y entregar todo a un notario.
Oligofrenia 1: O sea, que te pasas el día viendo páginas guarras y, cuando se te casca el ordenata, llamas a un técnico que te la tiene jurada (o es fundamentalista); y va el tío, que en vez de cuidar de que haya cortafuegos y antivirus debe pasarse el día mirando páginas guarras (o webs de una religión verdadera), y se chiva. Te has cubierto de gloria. Por cierto ¿qué más da que la compañía sea gallega?.
Oligofrenia 2: Le despidieron, claro. No os equivoquéis, despidieron a Juan, no al técnico informático.
Sigue. La cosa pasa a juzgados y el Supremo dictamina que se le readmita porque:
(…) el terminal se consideraba un efecto personal del empleado, y se equiparaba a su taquilla. “Los objetos personales de los empleados no pueden ser registrados por la empresa -como dice el artículo 18 del Estatuto de los Trabajadores- a no ser que haya una sospecha de que se esté cometiendo un acto ilícito”, explica Íñigo Sagardoy, director de Sagardoy Abogados. Además, ese registro se tiene que hacer con unas garantías: debe hacerse en presencia de un delegado de los trabajadores, durante la jornada laboral y delante del empleado.
Sigue. No he entendido muy bien porqué, pero ahora el Supremo dice que no, que con el ordenador el empresario hace lo que quiera siempre que establezca qué se puede hacer con él “con aplicación de prohibiciones absolutas o parciales” y cómo se va a controlar, respetando siempre la dignidad del currante (sic).
“Es razonable tener un cierto uso personal de los ordenadores. Pero una cosa es conectarte un rato y otra es estar enganchado toda la jornada. Ahí está el límite”, piensa Silvia Bauzá, del despacho de abogados Gómez Acebo & Pombo.
Oligofrenia 3: El límite está en estar enganchado toda la jornada, justo ahí, ni más ni menos. Uno se puede “conectar” un rato si se “desconecta” otro rato y, así, vale.
“Estamos a favor de que se establezcan códigos éticos que prohíban visitar sitios con contenidos xenófobos o pornográficos. Pero debe hacerse negociando con el trabajador para que no quede desprotegido”, dicen en CC OO.
Oligofrenia 4: Que los códigos éticos prohíban es algo innovador, normalmente prohíben las autoridades, las normativas y así. Los códigos éticos sólo hablan de lo que no esta bien o de lo que sí, pero si lo dice CCOO…. La cosa está clara, pues: puedo ser xenófobo y no pasa nada si no visito webs xenófobas. Pero si visito una web xenófoba para ver de qué van esos capullos, a la calle. Qué sencillo, oye. Ya lo hemos pillado. Ahora ya podemos negociar qué sitios xenófobos puedo ver y qué páginas guarras tienen licencia.
Y la cosa sigue en un estilo preclaro similar. Os dejo el resto de la noticia sin más oligofrenias asociadas para que la analicéis sin mi mezquina influencia. Además, es que es cansino.
(Por cierto, la foto que ilustra el artículo, debidamente protegida de descargas, se titula “Internautas” y muestra una fila de manos anónimas sobre sendos ratones, como un ejercito siniestro atrincherado tras los monitores a la espera de caer sobre el reino de la empresa internetofóbica).
Reflexiones ingenuas:
Si un currante se pasa el día viendo páginas web guarras o xenófobas:
- ¿El problema es el contenido de las páginas o que no da palo al agua?
- ¿La causa de despido más razonable es que es un guarro xenófobo o que no da palo al agua?
- Si se pasa el día de esa guisa ¿No será que no tiene nada mejor que hacer? O sea ¿Que no tiene ningún curro? ¿Qué más da que se ponga cachondo por internet? Por lo menos, no molesta al resto de personal. No sé, digo.
- Si alguien ha diseñado un puesto y unos procesos que permiten que un currante se pase el día de esa guisa ¿No habría que despedir al culpable?
Pura web 2.0.


Urbanita para toda la vida, fugado en una isla mediterránea; filósofo y letrado que mola más que psicólogo, de apellido, social que, en mis tiempos, era una especialidad. Entre tanto título genérico me quedé con un perfil polimórfico y más bien metodológico. Desde la enseñanza a la consultoría, pasando por la estadística, la creación de [...]


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